domingo, 11 de noviembre de 2007

Separata especial:¿Lo que natura non da, Salamanca non presta?

Esta frase, sin signos de interrogación, se la oí muchas veces a mis abuelos; y nunca terminé de entenderla. La primera parte es claramente una crítica, con sorna y maldad, sobre algún atributo ausente de la persona que se habla. El petiso que no alcanzó algo, el torpe que hizo gala de su torpeza, el tonto que entendió todo al revés. “Era visto que iba a ser así”, sería el significado, o “¿De qué otra manera podía ser?” Valdría como otra interpretación, lapidaria, de esa expresión que los viejos utilizaban con una sonrisa sarcástica y los ojitos pícaros. Complacidos. Pero nunca nadie supo decirme que significaba Salamanca. Una vez para salir del paso alguien me dijo que hacía referencia a la provincia española. Investigando un poco más, me entero que eso tenía sus fundamentos, debido a que en cierto período histórico fue el lugar donde estuvieron situados los centros educativos y culturales más importantes de España.
Sin embargo, la Salamanca en cuestión esta mucho más relacionada con la magia. Y viene de mucho tiempo atrás.
Primero haremos una aclaración sobre la magia; existen varios tipos. Las más conocidas son la magia blanca o natural, que esta emparentada con hechizos de amor, guardas y protecciones, entre otras cosas y la magia diabólica, más popularmente conocida como magia negra, de la que no me parece necesario agregar mucho. Pero existen otras clases y la que nos concierne es conocida como magia teúrgica.
Magia teúrgica, es aquella que se practicaba en cuevas o lugares subterráneos y proviene de los ritos paganos que vienen desde la antigua Grecia o aún antes. Los oráculos, las cuevas custodiadas por dragones o serpientes, etc., etc., etc.,
Hete aquí que existió en la época de la llegada de los moros a España, momento de encrucijada cultural muy grande, el surgimiento de escuelas de artes mágicas en Salamanca, Córdoba, Toledo y otros puntos menos conocidos de España.
Una cueva en Salamanca se hizo muy conocida, y las reverberaciones de su fama cruzaron el atlántico.
Así, desde las serranías que se encadenan a los Andes, hasta las que cruzan el Paraná y el Uruguay. En las barrancas de ríos y arroyos, se albergaban cuevas y grutas profundas e inexploradas, que el imaginario popular se encargó de convertir en lugares encantados y muchedumbres de entes fantásticos. Cavernas profundas e impenetrables, socavadas por las aguas o formadas por accidentes terrestres, infundían temor a quien se animaba a dar algunos pasos hacia su interior. Estas cuevas encantadas llevaban de nombre: salamancas, o cuevas del diablo, en todo el Río de la Plata y hasta Río Grande do Sul, en Brasil. Según el mito, en la salamanca se satisfacen todos los deseos y aspiraciones, por eso quien superaba su temor y penetraba hasta lo profundo lograba conocimientos y favores mágicos: el que entra pide lo que quiere, sentenciaba el dicho. Pero claro esta que todo esto conllevaba un riesgo, que solo quien había estado allí conocía.
La salamanca del cerro de Yarao, al norte del río Cuareim por donde pasa la línea divisoria entre Uruguay y Brasil, es una de las más celebres. Esto que voy a contarles es una historia venida desde ese lugar:
“Yendo cierto sujeto a una vaquería (batida de ganado vacuno cerril), sobrevínole una tormenta que le hizo perder el rumbo. Aflojó las riendas a su caballo, para que le llevase adonde su instinto le condujese. Caminando, caminando, fue a parar junto a los cerros de Yarao, donde topó con un hombre que le dijo: “yo también soy cristiano, de la ciudad de Santo Tomé (antiguas misiones jesuíticas del Uruguay). Aquí me han traído y estoy encantado”. Instó el hombre encantado al peregrino que lo siguiese, prometiéndole hacerle participante de las grandes cosas que escondía en su seno la salamanca que le servía de albergue. El extraviado caminante, revistiéndose de todo el valor que pudo, siguió paso a paso al desconocido, entrando en una caverna que le condujo por extrañas y dificultosas veredas a mansiones resplandecientes, donde las pedrerías y el oro derramados con profusión por todas partes era lo menos capaz de causar suspensión y maravilla. El desconocido, al despedir al visitante, dióle una onza, diciéndole que nunca se le acabaría. Así sucedió en efecto; aunque repetidas veces gastó la onza, otras tantas volvió a encontrarla en el bolsillo del chaleco. Pero una dicha tan singular llegó a infundirle temor; y un día tiró la onza, prefiriendo vivir pobremente del fruto de su trabajo”. *


*Relato extraído del libro “supersticiones del Río de la Plata” de Daniel Granada. Editado por primera vez por Barreiro y Ramos en 1896

3 comentarios:

romina dijo...

Universidad de Salamanca año 1218

Gustavo Gabriel Aguilera dijo...

Hola Romina, gracias por tu aporte, si tenés más datos serán bien recibidos. La idea principal de este espacio es el intercambio de ideas e información.

Anónimo dijo...

EN RESUMEN, LA FRASE, Y SEGUN ME EXPLICARON EN UNA OCASION, SIGNIFICA QUE EL QUE NO TIENE TALENTO YA LO PUEDES LLEVAR A LA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA (SE TRATA DE UNA UNIVERSIDAD ESPAÑOLA QUE TIENE MUCHO PRESTIGIO), QUE NO SERVIRÁ DE NADA.

POR ESO CUANDO LA NATURALEZA NO DA, NO SERVIRÁ DE MUCHO IR A LA MEJOR UNIVERSIDAD.